sábado, 17 de diciembre de 2011

Japimondei Perdílacuenta 10: Sorpresas te da la Radio


Salut y... piel de gallina, companys!

Yo no sé qué pasa en este país en los últimos tiempos pero aquí ya nadie sigue los consejos que un tipo tan machote como Miguel Bosé daba hace ya unos años cuando cantaba la bella tonada que os he puesto un poquito más arriba.

Y no es que los chicos hayan empezado a llorar, ¡es que aquí llora hasta el más duro de la película!
No me refiero por ejemplo, a que en los programas... (¡vaya!, no sé como calificarlos: decir que emisiones como La Noria y otros similares que se puedan estar emitiendo en la actualidad son programas de "entretenimiento" me parece dejar muy bajo el concepto de entretenimiento). Bueno a lo que iba, no es que los "famosos" que acuden ahí a contar sus alegrías y sus penas (estas últimas sobre todo pues siempre son las que más venden en este país y exponer las alegrías nunca ha estado muy bien visto) dejen escapar alguna que otra lagrimita. Eso, casi me parece bien o por lo menos,en concordancia con lo que se espera de esos programas.
Tampoco me sorprende que en los realities, la gente que se presta a participar en ellos llore de vez en cuando. Lo raro más bien me parece que no lo haga con más frecuencia ;-)

Ahora bien, lo que ya me parece más sorprendente es que esta moda del llanto se haya extendido a practicamente todos los ámbitos. De hecho,en no pocas actividades donde hasta ahora era inimaginable ver a alguien llorar, la lágrima es ahora casi más frecuente entre los hombres que entre las mujeres.
¿Qué está pasando?, ¿quién se ha dedicado por ejemplo a rociar las salas de prensa de los clubes de fútbol con esencia de cebolla? ¡Pero si todos lloran  ahora!
El caso del Espanyol es digno de ser estudiado por los más prestigiosos oftalmólogos. De un tiempo a esta parte una extraña afección parece aquejar al lagrimal de sus jugadores. Lloran tímidamente de alegría cuando aún imberbes, son convocados por primera vez al primer equipo. Durante su carrera, no son raros los lloros de rabia o impotencia al fallar un penalti o perder una final. Y claro, con semejante trayectoria, no es de extrañar que en el momento de anunciar su retirada o su marcha del club, lo hagan llorando a moco tendido. Uno ya no sabe si está asistiendo a las declaraciones de un futbolista en la sala de prensa de Cornellà o si está viendo una representación de La casa de Bernarda Alba en El Lliure.
Eso sí, como os decía antes, las mujeres parece que aguantan mejor el tipo: véase sino el caso de Marta Domínguez el año pasado defendiendo su inocencia (?) ante las acusaciones de doping cuando se había incautado todo tipo de material médico (?) en su domicilio y el nombre de su perro salía citado como contraseña en todas las conversaciones de los implicados en el caso...
Sólo una pequeña tribu parece resistir a la terrible epidemia: después de ver esta semana como Villa se partía la tibia y no sé si también el peroné y permanecía sentado estoicamente en el césped sin emitir no ya un llanto sino por lo menos alguna mueca de dolor, cabe preguntarse si la fabada asturiana no tendrá las mismas propiedades que la poción mágica que Panorámix proporcionaba a Astérix y compañía.

Que nadie me malinterprete. No tengo nada en contra de esta "liberación sexual del lloro". El otro día sin ir más lejos, a mí también me entró una mota de polvo en un ojo mientras oía en la radio como a un gran músico, Omar Sosa, se le quebraba la voz luego de oír la presentación que de él hacía, Javier Gallego en su programa Carne Cruda.

Si os atrevéis, preparad un kleenex entre los minutos 4.35 y 16.30.
El título de la emisión ya dice mucho: Omar Sosa, cómo hacer llorar con un piano (aunque en este caso fuese el periodista el que hizo llorar al pianista).