sábado, 23 de marzo de 2013
Japimondei NonStop23: ¿Evolución o Involución?
Salut, literatura i futbol, companys!
Hacia mitad de los '80, yo era un preadolescente larguirucho que andaba correteando por destartaladas pistas de atletismo y nadando en las aguas para mi gusto un poco frías de las viejas piscinas de una Barcelona que aún no podía imaginarse que pocos años después acogería unos Juegos Olímpicos.
Barcelona era por entonces, una ciudad vieja pero yo era muy joven y al llegar a casa después de los entrenamientos, aún me quedaban fuerzas para hacer lo que realmente me gustaba: bajar a la calle a jugar a fútbol con los amigos. Unas chaquetas o las mochilas bastaban para improvisar una porterías y el paso de un coche, suponía más una oportunidad de descanso o de comentar la última jugada que un peligro.
Si algún día mis amigos se habían ido a pasar el fin semana fuera de la ciudad, tenían deberes o estaban enfermos, entonces era Kafi, la primera perra que tuvimos en mi familia, una preciosa pastora alemana, quien los sustituía. Pasábamos largos ratos jugando a fútbol y ensayando regates con los que sorprender más adelante a mis amigos. Al llegar a casa, nos tumbábamos en el suelo a descansar y yo me ponía a leer con la cabeza apoyada en el cojín más cómodo para la lectura que jamás he vuelto a tener, el lomo de Kafi.
Hubo un año en que a diferencia de lo que sucede esta temporada, el Barça y el Madrid se aprestaban a iniciar la recta final de la liga prácticamente empatados a puntos. No es esa la única diferencia respecto a hoy en día: en aquel entonces, al fútbol se jugaba invariablemente en Domingo y siempre, a las cinco de la tarde. Además, el fútbol en televisión era entonces casi una excepción. Por todo ello, la radio era la gran protagonista de las tardes de los Domingos y Soberano, cosa de hombres.
Para horror de la mayoría de mujeres (otra señal del paso del tiempo es que entonces eran pocas, muy pocas, las mujeres a las que les gustaba el fútbol) en casi todos los hogares o en los coches, los domingos de cinco a siete era casi inevitable tener encendida la radio y escuchar un vocerío continuo de anuncios de puros y licores interrumpidos por los clásicos pitidos que anunciaban la consecución de un gol en algún lejano estadio de fútbol de la geografía española. Eran campos remotos, sí, pero cuyos nombres, todos los que fuimos niños en los ochenta aún somos capaces de recordar y asociar a una ciudad: El Helmántico y Salamanca, El Molinón y Gijón, el Benito Villamarín y Sevilla (bueno, el Sánchez Pizjuán, también), Anoeta y la Real Sociedad... Tal vez no supiésemos la lección del lunes, pero el nombre de los campos de fútbol, los conocíamos todos.
Ese Domingo, no recuerdo con quien jugaba el Barça pero hacia las 6, la cosa pintaba bien: nosotros íbamos ganando y en el Ramón de Carranza, el estadio del Cádiz, el Madrid perdía por 2 a 0. Sin embargo, al poco de empezar la segunda parte de ambos partidos, se produjo algo insólito: el locutor del Cádiz-Madrid, solicitó paso sin que se hubiese producido gol alguno. El motivo no era otro que anunciar el debut de un joven, casi un adolescente todavía, en las filas del Madrid. Ya hacía tiempo que se hablaba de él y de hecho, creo que la temporada anterior él y sus compañeros de quinta habían conseguido algo inédito y que no se ha vuelto a repetir: llevar a su equipo, el filial del Madrid, a jugar la final de la Copar del Rey frente a sus "hermanos mayores" del Real Madrid.
Esa tarde de primavera y frente al Cádiz, fue, al menos para mí, cuando se inició la leyenda del Buitre y su Quinta. Con una mezcla de desconsuelo y admiración, fui oyendo como a lo largo de los cuarenta minutos siguientes, el locutor del Cádiz-Madrid cantaba dos goles del imberbe Butragueño y casi al final, el pase de gol realizado por el mismo protagonista y que significaba la victoria del Madrid.
A lo largo de la semana siguiente, se desató la locura y tanto en prensa escrita, como en televisión y en radio, no se hablaba prácticamente de otra cosa. O si se hizo, yo no le presté atención. De toda la avalancha de información que se produjo, a mí lo que más me llamó la atención fue la explicación que dio no sé si el propio Butragueño o algún familiar suyo a la pregunta de cómo y dónde había desarrollado esa habilidad para realizar esos regates que hasta entonces aún no se habían visto y que básicamente consistían en adentrarse en el área casi al paso, cubriendo la pelota de forma que los jugadores rivales no pudiesen quitarle la pelota sin realizar penalti, y entonces, en el momento más inesperado, sorprenderles con un quiebro y dos zancadas rápidas de forma a quedarse solo ante el portero y batirlo con una aparente facilidad que a todos nos sedujo.Visto en televisión parecía casi irreal y nadie comprendía como un joven aún con acné en la cara podía burlar con tan pasmosa facilidad a los fornidos y veteranos defensas rivales.
Yo era la primera vez que observaba un fenómeno así pero con los años comprendí que era una habilidad compartida por los más grandes jugadores, no sólo de fútbol sino también de otros deportes: la capacidad de establecer una relación con el tiempo y con el espacio absolutamente propia. Moverse en unas coordenadas fuera del alcance de sus contrincantes.
Hoy, la gran estrella es Messi y si observamos muchas de sus jugadas, observaremos como también parece no estar sometido a las mismas limitaciones espacio-temporales que el resto de mortales. Treinta años sin embargo han pasado y si Darwin tenía razón, cabe esperar que una evolución de la especie se ha producido. Escuchando un precioso texto que escribió al respecto Hernán Casciari, el "papá" de una maravilla con nombre de evocaciones tan futbolísticas como Orsai, cabe preguntarse si lo que se ha producido no es precisamente lo contrario, una involución.
Escuchémoslo en la voz de un compatriota suyo:
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