Salut and let's dance again, companys!
A veces dudo si continuar o no con los Japimondeis.
Dos son los motivos de estas dudas.
Por un lado, me pregunto si aún tiene sentido el que cada semana os continúe bombardeando con una, o varias, parrafada(s) para luego acabar poniendo un vídeo que es bastante probable que ya hayáis visto en Facebook, Twitter o que os lo hayan pasado por Guazup. Y es que os guste o no, pocos sois (aunque haberlos, haylos) los que a estas alturas aún podéis presumir de estar "libres de culpa 2.0" y que aún no os habéis dado de alta en ninguna red social.
Por otro lado, he de reconocer que padezco delirios de grandeza. Tantos que, como afirman algunos escritores, a veces incluso me asalta el pánico a la página (la pantalla en este caso) en blanco y me pregunto qué será lo siguiente que os podré enviar.
Pero igual que aceptamos que una doble negación equivale a una afirmación, esta doble duda lleva implícita su propia resolución y un ejemplo de ello es lo que me ha sucedido esta semana: Cuando ya empezaba a dudar sobre si tendría alguna cosa interesante por ofreceros, me he encontrado con una pequeña joya en el Facebook de un buen amigo.
Una joya, quito ya lo de "pequeña", que como si se tratase de un guiño de no sé qué o quién , me permite seguir de alguna manera el hilo argumental de los Japimondeis de esta temporada (que haberlo, haylo. Aunque sea tan sutil que a ves ni yo mismo sepa bien, bien, cuál es).
Así, podemos pasar de disfrutar de los movimientos, los peinados y las ropas de la gente de Soul Line en los Estados Unidos de los '70, a gozar de,ojo a la sorpresa, ¡el Rock que se bailaba en la Rusia comunista en 1962!
Si recordamos que en esa misma época, en la España que recibía con los brazos abiertos a Mister Marshall el Rock aún era considerado por la mayoría de la población, no digamos ya las autoridades políticas, como una música propia de degenerados y bárbaros, no es difícil imaginar el ingenio y el valor que había que tener para, en plena guerra fría, y siendo una compañía de ballet clásico soviética, atreverse a proponer un espectáculo compuesto exclusivamente por coreografías de Rock&Roll.
Al parecer, el truco consistió en hacer creer a la censura que presentar ese espectáculo a la juventud rusa era la mejor manera de que ésta se percatase de los horrores y las perversiones del capitalismo y del American Way of Life.
Cuando oigo anécdotas como esta, no puedo evitar pensar que siempre ha habido censores con muchas ganas de ser burlados. Benditos sean!
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